Prólogo


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JAVIER NADAL

Presidente, Asociación Española de Fundaciones

"El cambio digital para los jóvenes es muy sencillo; para los no tan jóvenes puede crear incluso un cierto malestar"

Prólogo

La revolución digital es una realidad que ha cambiado nuestras vidas. No hace falta tener muchos años para percibir que el mundo que nos rodea, las cosas que consumimos y cómo las compramos, el modo como realizamos nuestro trabajo o nos comunicamos y, por supuesto, el tipo de actividades que conforman nuestro ocio, han cambiado radicalmente en el lapso de nuestras vidas. Que la principal responsabilidad de estos cambios hay que atribuirla a internet, los teléfonos móviles, las redes sociales y el resto de novedades que la cultura digital hace florecer sin pausa, es algo que no necesita demostración.

Se empezaron a percibir los cambios, antes del final del siglo pasado, cuando Internet se hizo omnipresente en nuestra actividad laboral y, en nuestras vidas privadas, se impuso como medio de comunicación preferente al tiempo que nos daba acceso gratuito a toda clase de información. El proceso se aceleró con el uso masivo de teléfonos móviles y, más todavía, cuando estos minúsculos dispositivos empezaron a albergar aplicaciones de todo tipo y se convirtieron en herramientas multiusos, donde la telefonía dejó de ser dominante. El desarrollo masivo de las redes sociales se sumó a Internet y el móvil para completar el trípode sobre el que se asentó la expansión de la cultura digital tal como hoy la conocemos.

No menos importante es el impacto que produjo sobre la actividad económica y profesional. Al principio parecía que se trataba de un torbellino que afectaría exclusivamente a las actividades ligadas a la información y las comunicaciones, sectores que conocieron innovaciones espectaculares que impulsaron la aparición de nuevos agentes ofreciendo formatos y servicios mejorados o nuevos, muchos de ellos gratuitos, que hicieron las delicias de los usuarios, pero que abrieron una crisis existencial a los operadores establecidos, hasta el punto de que muchos de ellos desaparecieron.

Pero esto era solo el comienzo, pues la potencia disruptiva de Internet, ha ido penetrando en otros sectores, alterando profundamente sus modos de hacer. Agencias de viajes, bancos o la venta minorista han conocido ya el impacto, con resultados similares en cuanto a su productividad y la oferta de nuevos servicios, afectando también a la concepción misma del propio negocio. Pero cuando ya se han encendido todas las alarmas ha sido al comprobar que incluso sectores considerados muy tradicionales, como taxis y hoteles, ven removerse sus cimientos por el surgimiento de una nueva competencia basada en plataformas y aplicaciones digitales, muchas veces, globales o supranacionales. Ya no hay duda, ningún sector económico puede considerarse fuera del influjo de este tsunami. Uno tras otro, como las fichas del dominó, tendrán que ir adaptando su cultura al nuevo paradigma.

De un tiempo a esta parte todo el sector empresarial está movilizado por esta causa. La Transformación Digital, como objetivo prioritario, no puede en faltar en el plan estratégico de ninguna empresa, sea grande, mediana o pequeña.

El tercer sector, y las fundaciones como parte de él, no es ajeno a esta realidad. El cambio cultural que se ha producido es irreversible y su impacto tiene múltiples facetas. Internet ha sido el principal impulsor de la globalización de las últimas décadas y es el mayor instrumento de desarrollo jamás inventado. Los beneficios que pueden atribuirse a la revolución digital son enormes en términos económicos, de conocimiento y de desarrollo humado, pero a medida que su penetración se ha ido haciendo omnipresente, también ha empezado a hacerse visible la otra cara de la moneda. Después de dos décadas de noticias positivas, de navegar por todas las bibliotecas del mundo, de usar correos electrónicos, de viajar geolocalizados con los mapas de Google y de usar cientos de aplicaciones gratuitamente, han empezado a crecer temores por los puestos de trabajo desplazados por robots, por los datos que algunas empresas tienen de nosotros que les permite conocernos mejor que nosotros mismos, por los algoritmos que nadie conoce y pueden cambiar la opinión de los usuarios de las redes sociales, por el uso de inteligencia artificial en actividades que pueden enfrentar dilemas éticos, por la falta de regulación sobre algunas empresas que son monopolios mundiales, por la post-verdad.

Vivimos en un mundo que ya no puede ser más que digital. Que por serlo nos ha traído una inmensidad de cosas buenas que nos hacen la vida más fácil, más humana, más solidaria, más eficiente, más cómoda y a nosotros más sabios. No podemos quedarnos fuera, al contrario, tenemos la obligación de conocer sus reglas del juego y sacarles todo el partido que podamos. Si no lo hiciéramos quedaríamos fuera del mundo, casi en sentido literal.

Pero ese nuevo mundo, como todo lo humano, también viene acompañado de nuevos fantasmas y temores a los que ya nos hemos referido. Y esto es muy relevante para el tercer sector, para las fundaciones, porque sabemos que la cultura digital nos ayudará a abordar de manera más eficiente los problemas sociales de siempre, pero también generará nuevas necesidades sociales a las que tendremos que hacer frente. Ante lo vertiginoso del cambio se hace necesaria una reflexión sobre como actuar para que el nuevo escenario sea compatible con la dignidad de las personas, el bien común y el progreso social.

El estudio que presentamos quiere contribuir a la necesaria transformación digital del tercer sector, y en particular de las fundaciones, desde dos ángulos muy diferentes. El primero, más bien explicativo y divulgativo, se dirige sobre todo a aquellas personas y entidades que todavía no son conscientes del enorme calado de los cambios que trae la digitalización y de cuanto nos afectan. Queremos que nadie en nuestro sector desconozca la importancia de ser proactivos en la adopción y comprensión de estas innovaciones, para ser más eficientes y para poder actuar con criterio sobre los efectos negativos inducidos.

El segundo objetivo es poner en evidencia que ya existen muchas fundaciones que han comprendido la necesidad de adaptarse al cambio y que lo están haciendo bien o muy bien, para que sirva de referente y acicate del conjunto.

El método de este trabajo ha sido algo diferente del que se utiliza en estudios similares. Un grupo de periodistas familiarizados con el Tercer Sector y con la transformación digital, asesorados por algunos expertos, han recabado los análisis y las opiniones de líderes de organizaciones no lucrativas. Esos líderes conocen bien la revolución digital y tienen gran experiencia en campos como el de la educación, la intervención social a favor de la inclusión, la formación para el empleo, la atención humanitaria de urgencia, la cooperación internacional, la salud, la lucha contra las adicciones, la cultura, el arte y la creatividad, la innovación, la investigación, el trabajo en favor de los que sufren discapacidades, la igualdad de género, los jóvenes, la atención a la infancia, entre otros. Han escuchado muchas voces con muchos acentos diferentes. Y han seleccionado también unos pocos proyectos en los que se han desarrollado buenas prácticas y que pueden servir como referentes.

En el capítulo 1 el lector encontrará una descripción somera de la disrupción digital. En esa descripción se incluyen las tendencias que marcan la forma de prestar servicios y vender bienes, el estado de la digitalización en España, una aproximación a las nuevas formas de ver el mundo de los nativos digitales y a las nuevas tecnologías que están transformando el planeta.

El papel de las fundaciones en el cambio digital se explora en el Capítulo 2. En sus páginas se dan algunas indicaciones del necesario fortalecimiento del Tercer Sector, de cómo saber escuchar e intervenir con más eficacia. Se aborda aquí la compleja cuestión de la humanización de la tecnología.

La disrupción digital está provocando nuevas necesidades sociales que las fundaciones tienen como tarea. Este es el tema del Capítulo 3. La alfabetización digital plena quizás sea una de las más urgentes, como la inclusión de los no nativos digitales o la nueva empleabilidad.

Las necesidades sociales de siempre pueden ser afrontadas mejor gracias a la digitalización. Esta es la cuestión que ocupa el Capítulo 4. Se detalla cómo las nuevas herramientas pueden abrir canales no explorados de comunicación con los ciudadanos, profesionalizar la gestión, multiplicar el impacto.

Por último, el Capítulo 5 recoge algunos buenos proyectos en los que el Tercer Sector está aplicando las ventajas de la nueva revolución.

Quiero agradecer a los tres periodistas que han hecho posible que salga a la luz este estudio, Fernando de Haro, Juan Manuel Zafra y Elena de Arrieta. Y, por supuesto, a Ana Millán como impulsora de la idea para desarrollar esta iniciativa.

Asimismo, agradecemos el apoyo de las fundaciones mecenas que han hecho posible la realización de este estudio: Fundación Bancaria la Caixa, Fundación Botín, Fundación Mahou San Miguel, Fundación Once para la Cooperación e Inclusión Social de Personas con Discapacidad y Fundación Orange.


Javier Nadal
Presidente AEF